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ISSN 1989-4163

NUMERO 81 - MARZO 2017

Santiago Tlaquetzqui y su Descubrimiento de América (II)

Francisco Manzo-Robledo

DE VUELTA POR ACÁ

            — ¿Te acuerdas como se ponía de verde el cerro grande en el tiempo de lluvias? ¿Si?, bueno, pues de ese verde se ponía todo el valle, ¡daba contento verlo! Lo único que no me gustaba nadita era la peste matinal, las nubes de DDT que echaban a diario. Todo lo tapaban: plantas, árboles, a nosotros que andábamos trabajando, y hasta a los perros, aunque éstos no eran tan pendejos, luego luego corrían a esconderse. Si vieras; ¡ni las moscas se nos paraban!, apestábamos peor que miados asoleados.

            Cuando mi padre regresó de allá, a todos nos trajo algo, cosas que nos hacían felices nada más de saber que venían de tan de lejos, casi de otro mundo; aunque la mera verdad, yo apreciaba más la resortera que él me hizo con una orqueta de guayabo de los de la barranca. Él se compró una chamarra de cuero de las de piloto de avión de guerra; la usaba casi a diario en el invierno cuando se levantaba temprano a ordeñar a "La pinta". A mi madre le trajo un radio de bulbos marca Phillips; ella lo puso en una repisa de madera cubierto con una servilleta blanca de algodón bordada con punto de cruz en hilos de varios colores. Se veía bonito aquello. Por muchos años no lo pudo usar porque no teníamos luz eléctrica y al final, cansada de verlo allí nomás coleccionando polvo y cacas de mosca, se lo vendió a una de sus comadres que por muchos años también lo usó para adornar la repisa que solamente utilizaba en diciembre cuando le hacía el altar a la Virgen de Guadalupe.

            Con el dinero que mi padre ganó y mi madre le ayudó a ahorrar, le compraron la nopalera a Don Refugio el del tendejón y comenzaron la casa de adobe donde toda la familia creció hasta que comenzamos a casarnos uno a uno. La nopalera todavía la tienen mis hermanas. Ellas se encargan de cortar y vender el nopal al intermediario que viene de la ciudad. También tienen tunas y pitallas, pero no las venden porque les gusta repartirlas entre los de la familia. Muy buenas pitallas y tunas, lo que sea de cada quién. También mis hermanas son buena gente.

            Me llegó mi turno. Yo creo que Tú conociste a Isabel la hija de Los Ramos, ¡cómo no la vas a conocer!; ya ves, con ella me casé. Tuvimos dos hijos y las cosas estaban tan jodidas como siempre habían estado.

LA VISITA DEL PRESIDENTE

            En ese tiempo mi padre todavía vivía con la sempiterna esperanza de que el gobierno le diera algo de tierra en el ejido. Un día el Presidente de la República vino al pueblo y los del comisariado ejidal le pidieron a mi padre que asistiera como invitado de honor a la recepción. Mi padre era el último de los revolucionarios que quedaba vivo en toda la región. Lo trataron como una antigüedad de museo que mueven a todas partes y en ningún lugar queda bien: que se sentara aquí, no que mejor allá para que no le tapara la vista al señor Presidente. No que el señor Presidente iba a estar de pie. Total que mi padre, encabronado por tanta pendejada, les dijo secamente—Miren muchachitos, yo me voy a sentar en donde me dé mi chingada gana, así que ya me pueden ir dejando en paz y a bailar zapateado a otra parte.

            Así lo hizo: se sentó junto al Presidente.

            El señor Presidente de toda la República, era un señor medio pelón, orejón y con voz de pedo agudo, parecía muy amable, sobre todo, con un bigote que lo hacía ver como si estuviera riendo todo el tiempo. El día del festejo calzaba unas botas de tacón alto. Yo creo que quería parecer con más estatura: con trabajos sobrepasaba a los niños de la doctrina que el padre Toribio trajo para que le cantaran El ausente, que asegún de los besaculos que lo seguían, le gustaba mucho, ¾de veras que le encanta¾decían los lambiscones.

            Los niños de la doctrina comenzaron a cantar, pero luego les ganó la risa cuando el señor Presidente se resbaló, con sus botas de suela de vaqueta, en una mierda de perro. Ya puedes imaginártelo en el aire, cuan corto era, moviendo las manos como reguilete. Todos corrieron a ayudarlo y a limpiarle las posaderas. El comisario, uno de los besaculos de los que te dije, le ofreció su saco y el señor Presidente lo aceptó, dándole a cambio el suyo. Creo que hasta la fecha, Don Chucho, el comisario de aquel tiempo, todavía guarda el saco del Presidente. —De recuerdo—dice él, aún embarrado de mierda de perro.

            Ese día, Santiago, el grande, recibió una tarjeta con unos garabatos de la mano del señor Presidente para que se presentara a la Secretaria de Recursos Agrarios y demás. Una pobre tarjeta con una letra toda gariboleada fue suficiente para que le dieran trámite a su asunto, después de más de cincuenta años de estar dale que dale sin llegar a ningún lado.—Pa' qué quiere usted tierra compadre—le decía su compadre Alegato, padrino de bautismo de Raúl,—si usted ya está pa'que lo cuiden y lo atiendan, no pa’ andar en danzas que al fin y al cabo nada le reditúan—Santiago, el grande, con la mirada de la vejez, más vieja ese día que todos los demás, lo volteó a mirar como si hubiera sentido un latigazo en su ya encorvada espalda, sacó su paliacate rojo, se limpió el sudor de la cara y después de un lastimero suspiro, dijo con voz más bien baja —Pos... pa' revolcarme en ella, tirarme boca arriba viendo al cielo, y acabar de morirme. Ya después, éstos sabrán qué hacen con ella—terminó apuntando con un ligero movimiento de cabeza hacia sus dos muchachos, Raúl y Santiago, el chico.

            Le dieron su tierra por fin y se nos murió sentado, al pie del único árbol que allí había. Murió con la paz dibujada en su rostro arrugado, mirando su labor que tanto ansió. La vio producir dos años, cosechas más bien míseras, pero era suya, —Toda mía—decía contento. Que lo tengas en el reino.

OTRA VEZ LO MISMO

            Comencé a labrar la tierra de mi padre, que es de temporal. Sembraba maíz, frijol y párale de contar porque no se daba más. El banco me prestó dinero varias veces. Sin embargo, a cada término de cosecha, ya vendida ésta, yo quedaba más sumido en deuda. El ciclo se repetía: a mi mujer no le alcanzaba el poco dinero que le daba para alimentarnos a las crías y a nosotros dos, muy a pesar de que mis suegros nos ayudaban en lo que podían: nos daban ya una gallinita, ya un puerquito, ya unos huevos; sí que nos ayudaban. Muy buenos mis suegros.

            —Oye Santiago—me dijo mi mujer—pos... yo como que no quería decirte nada pero, pos mira, ya ni pa' calzones nos alcanza. ¿Qué no sería bueno que te fueras a trabajar a la ciudad? Mira al Chente, se fue pa’lla y que dizque hasta ya le compró una Singer a su mujer para que cosa ajeno. Vete y yo aquí veré como me las arreglo con la parcela. Mis hermanos también me pueden ayudar, quién quita te encuentres un buen trabajo allá. Bueno..., tú decide.

            Isabel tenía razón, aquello, pos... no pintaba bien, era mucho depender de otra gente. Así que me hice el ánimo, pedí prestado unos centavos y me fui a la capital a probar suerte.

EN LA CAPITAL

            Santiago, el chico, llegó de noche a la capital. La terminal de los camiones estaba de gente a reventar, parecía feria de pueblo: tiradero de maletas, bultos, cajas y demás por todos lados. Santiago salió de la terminal y en seguida se dirigió a un puesto de tacos de cabeza y lengua donde se comió tres órdenes de a tres con un refresco de toronja. Después tomó un carro de alquiler que más bien parecía carro de deshuesadero por lo viejo y maltratado. 

 — ¿Adónde lo llevo joven?—preguntó el chofer a Santiago, —A la delegación de la Secretaría de Relaciones Exteriores—le contestó.
¾Los del pasaporte están perros¾le dijo el chofer sin que se lo preguntara.
¾Pues sí, pero no hay de otra. Aquí los trámites burocráticos son más sagrados que la Virgen de Guadalupe.

            Serían cerca de las nueve y media de la noche cuando llegó allí y se encontró con que ya había unas doce personas haciendo cola, acostadas en el suelo, esperando que abrieran la puerta de la delegación al día siguiente a las ocho y media de la mañana. Se arrimó a ellos y pronto hizo amistad y la conversación era animada: que los sacrificios que tiene que hacer uno para sacar un desgraciado pasaporte; que esto no es nada jóvenes, que hubieran visto las que pasé para que me dieran mi cartilla de servicio militar, pinches militares, son la pura mierda armada; que ni se quejaran porque antes solamente había un lugar para sacar pasaportes en toda la capital y para estas horas ya no había lugar donde hacer cola, ni parado, ni sentado, ni de ningún modo, bueno, que con decirles que había que venirse armado porque en cualquier descuido lo dejaban a uno fuera de la cola o con las tripas de fuera; que la culpa la tenía el gobierno cabrón, que cómo iban a creer  que no se diera cuenta de lo mal que estaba el servicio de pasaporte transporte basura los policías más rateros que nunca y los políticos ni se diga que los sindicatos corruptos que el poco respeto que se les tiene a las mujeres en los trabajos y que las embarazan y ya; ¡mucho peor!, a ver: a que ninguno le ganaba al hermano del gobernador de tal estado que era profesor de escuela director de educación física jefe de bomberos delegado estatal de la federación de fútbol director de televisión educativa y además tenía la biblioteca de películas pornográficas más grande en el país, a ver ¿quién lo supera?, ¡dénme uno más chingón que ése!; que no, pos no, que ¡qué barbaridad!; que sí señor, que esto era una pura mentada de madre contra todos los ciudadanos que se joden trabajando todo el santo día; que a todos los del gobierno los deberían de agarrar y colgar de los huevos pa'que se les quitara empezando por el encargado de la delegación por no ordenar que construyeran una cornisa para que por lo menos no se dieran la empapada que se estaban dando con la lluvia. ¡Que no la chingaran!, que no todos los del gobierno eran rateros que por ejemplo vieran a su hermano Indalecio el que trabajaba en la Secretaría de Comunicaciones y Transportes y ni un clip se robaba el muy pendejo. En éstas se fue toda la noche.

            A la mañana siguiente ya dentro de las oficinas de la delegación, Santiago tuvo un problemilla: no llevaba su acta de nacimiento, solamente llevaba su boleta de bautismo, y pues que no, que ese documento no era válido para el trámite. Después de una "gratificación" a la secretaria, ésta se "animó" a hablar con el delegado, quién después de otra "gratificación" entregada muy, pero muy discretamente, con una cara de crudo que no podía con ella y mirada de perdonapendejos, accedió a pasar por alto esa anomalía, pero eso sí—Que no vuelva a repetirse esto joven, porque la próxima vez me veré en la penosísima necesidad de negarle el favor.

Santiago

 

 

 

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